jueves, 1 de marzo de 2012

Capítulo uno:

Miro otra vez el reloj.
22:30.
Si mis padres se enteran de esto, me matan.
Se supone que ellos están durmiendo.
Se supone que yo estoy castigada.
Se supone que no saldré esta noche.
Si se enteran, me matan.
De pronto, a mi mente llega una idea.
¿Y si me voy con él a vivir?
Sonrío amargamente.
Voy a hacerlo.
Voy a hacerlo ahora. Ésta noche. Ya.
Abro las puertas del armario de mi habitación.
Cojo toda la ropa y la tiro descuidadamente sobre la colcha de mi cama.
Busco la maleta debajo de la cama, y cuando la encuentro, la arrastro rápidamente por el suelo.
La abro, y comienzo a llenarla con mi ropa.
Cojo mi ordenador portátil y el cargador también.
No voy a regresar.
Antes de salir de mi cuarto, garabateo en una hoja de mi cuaderno una carta de despedida.
Cuando la termino, con lágrimas en los ojos, la dejo sobre el escritorio de mi habitación.
De la habitación donde no quiero volver.
Nunca regresaré. Me iré con él, y seré feliz. Sin mis padres, sin mi familia. Solamente estaremos él y yo. Él y yo nada más. Simplemente.
Cojo la maleta del asa, y la arrastro por la habitación intentando hacer el menor ruido posible. Lo único que necesito es que mis padres se despierten. Entonces, no podré escapar.
No podré ser feliz.
No podré amar.
Dejo la maleta apoyada en el marco de la puerta, y camino de puntillas hasta el cuarto de mi hermana, que está al otro lado del pasillo.
Incluso pensarlo, duele.
No la volveré a ver.
Abro lentamente la puerta de su cuarto.
Las paredes rosa pálido son iluminadas por la luz del pasillo.
La abro un poco más. Lo suficiente como para verle el rostro relajado.
Los ojos cerrados. Esos ojos azules que desde siempre han caracterizado a mi hermana.
Sé que estarás bien. Sé que la vida te sonreirá siempre, Natalia. Eres pequeña, muy pequeña aún y no puedes comprender que me vaya. Probablemente, jamás lo comprendas. Me odiarás por haberlo hecho. Pero eso no es lo verdaderamente importante. Lo que de verdad importa es que me olvidarás.
Una lágrima resbala por mi rostro.
Entonces, el rostro de mi hermana parece preocupado, serio, tenso.
Sonrío levemente. No podré verla crecer más. No veré su primer amor. No veré cómo su novio la acompaña a casa. No veré nada más de ella.
De pronto, se relaja.
Abre los ojos lentamente, encandilada.
Yo le pido que guarde silencio, poniéndome el dedo índice en los labios.
Ella me mira, impresionada.
-¿Qué haces despierta?- Me pregunta.
Me seco la lágrima de una mejilla con el dorso de la mano, entonces, cae otra mucho más grande del otro ojo.
-¿Estás llorando?- Me pregunta.
Yo sonrío, tratando de disimular.
-He venido a ver cómo dormías.- Respondo, con la voz quebrada.
Aunque todavía es pequeña, aunque aún tiene catorce años, sabe perfectamente que le estoy ocultando algo.
-¿Pasa algo, May?
Vuelvo a sonreír, ésta vez me sale de verdad.
-No, tranquila. Duerme, que mañana tienes clase.
Ella sonríe levemente.
-Tienes razón. Buenas noches, May. Te quiero.
Te quiero. Nunca me lo había dicho. Nunca en ése tono. Nunca de ésa manera.
-Buenas noches, Nata. Te quiero.
Ella sonríe.
-Te he dicho que no me llames así. Soy Natalia.- Dice, con tono dulce.
-¿Pues sabes? A mí me gusta más Nata.
Ella suelta una carcajada.
-Está bien… ¿Qué le vamos a hacer? Puedes llamarme Nata.
Yo suelto una carcajada.
-Al fin lo he conseguido.- Bromeo.
-Enhorabuena.
-Gracias.
Gracias por todo, hermana.
-Vamos, hermana, no tienes que dármelas.
-Buenas noches.
-Buenas noches.
-Te quiero.
-Y yo.
Cierro la puerta de su cuarto, cojo la maleta y salgo de su casa. De su vida. De su memoria. Y de su corazón.
Te quiero, hermana. Te quiero mucho. Y te voy a extrañar mucho, pero no puedo quedarme. Necesito huir, volar, amar. Y si me quedo, no podré hacerlo.